La portada de LA GACETA del 24/05 fue un mazazo al angustiado espíritu de los tucumanos: ¡60,2 % de pobreza infantil en el Gran Tucumán! La cruda realidad, que todos los días desfila ante nuestros ojos, queda certificada en estos vergonzantes números. Sin embargo esta cifra es mentirosa, porque la medición se hizo hasta fines del 2022. El imparable vértigo inflacionario del presente año ya dejó desactualizada la misma. Y ni qué hablar del resto del año, sumido en el tsunami eleccionario. Si hablamos de pobreza infantil estamos hablando de hambre, pero no del hambre circunstancial, de llegar tarde a la comida diaria. Hablamos del hambre verdadero, del estructural, del que estruja el estómago… y el alma. Solamente el que lo conoce entiende de qué se trata. No sería el caso de nuestros privilegiados dirigentes políticos. ¿Dónde quedó la máxima justicialista de que los únicos privilegiados eran los niños? Seguramente, perdida en el abultado patrimonio de los que nos gobiernan. Desgranando el ranking por ciudad del mismo artículo, observamos que todas las ciudades que figuran son conducidas por gobiernos justicialistas. ¿Simple casualidad? De ninguna manera. Contundente causalidad. Lo vemos elección tras elección: el combustible electoral del peronismo son los pobres… los bolsones y la compra del voto lo demuestran palmariamente. Las palabras del gobernador Manzur: “seguramente hay estrategias para revertir esto y somos conscientes de que falta mucho por hacer”, son a esta altura, una risotada en nuestra propia cara, considerando que hace casi 20 años son los mismos los que manejan todos los resortes del poder provincial. A pocos dias de poner nuestro voto en las urnas, interpelamos a todos los tucumanos y tucumanas que votan al oficialismo: ¿acaso esta durísima realidad no los conmueve? ¿Ninguno de ustedes la ve a su alrededor? ¿Será que viven en el mismo mundo paralelo que nuestros opulentos funcionarios, sin sufrir ninguna de las diarias penurias que todos padecemos? Cuesta entender entonces, el patrón racional que califica lo desastrosa que resulta una gestión… ¡Y sus dolorosas consecuencias!
Ricardo A. Rearte
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